Muchos ejecutivos han pasado décadas perfeccionando la armonía de sus empresas. Las dirigen como una orquesta sinfónica, con todo bajo control y una jerarquía clara. Si un violín desafina, se corrige, si un proceso falla, se optimiza. En este escenario, el éxito es una consecuencia directa de la ejecución, el control y el orden.
Pero ¿qué ocurre cuando esos mismos ejecutivos, gerentes o dueños de empresas deben administran su patrimonio financiero?
No es extraño que los resultados sean distintos a los esperados y que aparezca cierta frustración. El problema no necesariamente está en la falta de capacidad, sino en que la gestión patrimonial requiere un cambio de mindset.
En nuestra visión, este nuevo desafío se parece más a navegar un velero. No podemos controlar el viento (el mercado), las olas, (la economía), ni el clima (la política). Lo que sí podemos hacer es:
Aquí es donde el exceso de confianza o la necesidad de control del “director de orquesta” puede ser contraproducente. Intentar controlar la volatilidad puede costar caro o, incluso, nos puede llevar a perdernos en el Triángulo de las Bermudas, entre el mejor retorno, el menor riesgo o la mayor liquidez. Es fácil perderse sin la hoja de ruta adecuada.
Es importante entender que la conducción de un portafolio puede responder a múltiples objetivos (a diferencia de un endowment o una AFP), lo que hace más compleja su construcción y, especialmente, la tarea de jerarquizarlos, ya que en algunos casos pueden incluso parecer incompatibles.
Muchas veces escuchamos frases como “yo soy conservador” o “yo soy agresivo para invertir”, pero estas etiquetas no necesariamente representan de la mejor manera los objetivos de una persona. Por ejemplo, dentro de un mismo portafolio puede convivir el ahorro para el pie de la casa propia con el ahorro para la jubilación. Mientras el primer objetivo tiene un horizonte más cercano y puede requerir una menor exposición al riesgo, en el segundo el mayor riesgo podría ser precisamente no asumir suficiente riesgo para alcanzar los retornos necesarios en el largo plazo.
En ese contexto, una política de inversiones cumple un rol fundamental. Permite ordenar y priorizar los distintos objetivos, establecer cuánto riesgo estamos dispuestos a asumir para alcanzarlos y definir una hoja de ruta para construir un portafolio que sea capaz de responder a esas necesidades en tiempo y forma.
Algunos pueden navegar ceñidos “con calma”, mientras que para otros la misma maniobra puede convertirse en el peor día de su vida. Aquí es donde choca la percepción de riesgo y el riesgo real de las distintas alternativas de inversión. La percepción puede estar condicionada por experiencias pasadas, propias o de conocidos o familiares, y también por el grado de conocimiento o familiaridad con determinados activos.
En este punto, el rol del asesor es especialmente relevante: educar y guiar cuando las aguas están tranquilas para evitar tomar decisiones equivocadas cuando lleguen las tormentas.
El ejecutivo que ha construido su éxito dirigiendo orquestas tiene todas las capacidades para convertirse en un gran capitán. Pero el primer paso es reconocer que está en un barco distinto, con reglas distintas.
Revisar periódicamente la embarcación, los fondos, los costos, las contrapartes y la eficiencia tributaria son parte del checklist que conviene completar antes de zarpar. El objetivo es evitar que lo construido durante los años se diluya en ineficiencias y, finalmente, poder disfrutar los buenos resultados del portafolio.
Nelson Haase
FOS Senior Advisor Fynsa