La infraestructura nunca ha sido tan relevante como ahora. Según el informe “The Infrastructure Moment” de McKinsey, la definición de infraestructura se ha ampliado: ya no hablamos solo de carreteras, puentes o redes eléctricas, sino también de centros de datos, redes de fibra óptica, estaciones de carga para vehículos eléctricos y sistemas inteligentes de monitoreo.
Ese cambio de paradigma exige que gobiernos, inversionistas y operadores modifiquen su forma de pensar y actuar. McKinsey estima que se requerirán unos 106 billones de dólares en inversiones globales hasta 2040 para cubrir siete áreas clave: transporte y logística, energía, digital, social, agua y residuos, agricultura, y defensa.
Por ejemplo: transporte y logística demandarán cerca de 36 billones; energía y potencia 23 billones; e infraestructura digital 19 billones.
¿Por qué ahora? Varios factores coinciden y crean presión urgente: activos obsoletos, urbanización acelerada, avances tecnológicos, y cambios geopolíticos.
Estas fuerzas no solo generan mayor demanda, sino que también cambian la propia naturaleza de la infraestructura: los sistemas tradicionales se conectan con los nuevos —por ejemplo, los centros de datos requieren energía, agua, red de comunicaciones y transporte.
El papel del capital privado también está cambiando. Los fondos dedicados a infraestructura pasaron de unos 500 mil millones en 2016 a más de 1,5 billones en 2024. Sin embargo, sigue predominando la financiación pública, lo que refleja la gran necesidad de colaboración entre Estado y sector privado.
Estamos en un punto de inflexión. La infraestructura del mañana ya empieza a construirse hoy. Para McKinsey, quien actúe con visión intersectorial y colaboración podrá no solo cubrir la demanda, sino también definir qué tipo de conectividad, crecimiento y bienestar tendrán las próximas generaciones.
Fynsa