En las últimas dos décadas, el mundo del crédito corporativo ha cambiado de forma notable, aunque muchas veces pasa desapercibido. Los bancos, que durante mucho tiempo fueron los principales proveedores de financiamiento a las empresas, han reducido su presencia en varios segmentos, especialmente en el de las medianas compañías.
Parte de la explicación se remonta a la crisis financiera de 2008. Las nuevas regulaciones aumentaron los requerimientos de capital y limitaron la capacidad de los bancos para otorgar ciertos tipos de préstamos, sobre todo a empresas de tamaño medio. Evaluar, monitorear y reservar capital para estos créditos se volvió más costoso y complejo.
Para las empresas, la deuda privada representa mayor velocidad y flexibilidad en las condiciones. En un entorno de tasas de interés elevadas, también ha resultado atractivo para los inversores institucionales (fondos de pensiones, aseguradoras y family offices), que buscan rendimientos superiores a los de los bonos públicos, con cupones que se ajustan a las tasas de mercado.
Además, los gestores de deuda privada suelen mantener una relación más cercana con las compañías, lo que les permite un monitoreo más detallado y, en algunos casos, un acompañamiento activo.
Sin embargo, este desplazamiento también genera interrogantes. Los bancos siguen en la implementación de Basilea III, mientras que gran parte de la deuda privada se mueve en un entorno con menor regulación. Aunque muchos fondos han demostrado profesionalismo, la concentración de capital en unas pocas grandes gestoras plantea preguntas sobre posibles efectos sistémicos.
Otro aspecto relevante es el comportamiento en escenarios adversos. Con covenants más flexibles en muchas operaciones, existe el riesgo de que los problemas se detecten más tarde. Además, la interconexión entre bancos y fondos de deuda privada (a través de líneas de crédito) crea canales de transmisión de riesgos que merecen atención.
En la práctica, no se trata de una sustitución total, sino de una reconfiguración. En muchos casos, bancos y fondos de deuda privada complementan sus roles: los primeros suelen participar en las porciones más senior, mientras los segundos asumen tramos con mayor riesgo o estructuran soluciones a medida. Aun así, en el segmento de medianas empresas, especialmente en Estados Unidos, los “lenders” han ganado una cuota relevante de mercado.
Este cambio refleja una tendencia más amplia en los mercados financieros: el paso de un sistema centrado en depósitos bancarios hacia otro impulsado por capital institucional en busca de rentabilidad.
La deuda privada no ha eliminado a los bancos tradicionales, pero sí ha modificado de manera significativa el mapa del financiamiento corporativo. La resiliencia del activo se verá en los cambios de ciclos económicos. Mientras tanto, empresas, inversores y reguladores tendrán que adaptarse a un ecosistema donde el mundo privado estará más cerca, y los bancos cada vez más ajenos.
Esteban Fuentes
Portfolio Manager Deuda Privada Fynsa AGF