Febrero 13, 2026 - 2 min

La nueva cara de la Fed

Si es aprobado por el Senado, Kevin Warsh enfrentará un escenario complejo, caracterizado por elevados niveles de deuda, transformaciones tecnológicas profundas y tensiones fiscales.

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El posible nombramiento de Kevin Warsh como próximo presidente de la Reserva Federal vuelve a poner sobre la mesa una pregunta: ¿qué hace a un “buen” presidente de la Fed en este momento del ciclo económico?

Para mí, Warsh era un nombre desconocido. Fue miembro del directorio de la Reserva Federal entre 2006 y 2011, participó activamente en la gestión de la crisis financiera global del año 2008 y conoce, desde dentro, tanto la mecánica del banco central como su relación con los mercados; es decir, es alguien que entiende que la principal función de la Fed es la credibilidad.

En ese sentido, su perfil combina apertura al crecimiento y preocupación por la estabilidad. En distintas intervenciones públicas, Warsh ha sugerido que el aumento de la productividad —particularmente asociado al avance de la inteligencia artificial— podría permitir una economía más dinámica sin generar presiones inflacionarias. La idea me lleva a la era Greenspan, cuando la Fed permitió que la economía creciera con fuerza sin subir agresivamente las tasas.

El argumento es atractivo y parece de toda lógica, pero la productividad no aparece de un día para otro y, en el corto plazo, los grandes cambios tecnológicos como el que estamos viviendo vienen acompañados de más inversión, mayor demanda y tensiones transitorias, por ejemplo, en el mercado laboral. Por eso, la Fed puede darse más tiempo si percibe que el crecimiento no es inflacionario.

Donde Warsh parece ser más consistente -y más firme- es en su mirada sobre el balance de la Reserva Federal. Ha sido crítico del tamaño que alcanzó tras años de expansión monetaria y ha defendido la idea de que una política monetaria sana no se define solo por el nivel de la tasa de interés, sino también por la disciplina en el uso del balance. Esto abre un escenario de una Fed que podría mostrarse más flexible en la tasa de referencia, pero menos complaciente en el retiro de liquidez.

Para los mercados, esta combinación no es menor. Tasas algo más bajas alivian el costo del crédito en el corto plazo, pero un balance que sigue ajustándose mantiene cierta presión sobre las tasas de largo plazo, lo que refuerza nuestra postura de una duración controlada.

¿Hace esto a Warsh un “buen” presidente de la Fed? Probablemente sí, si se entiende “bueno” como alguien que prioriza la coherencia, la previsibilidad y el manejo cuidadoso de expectativas. No necesariamente será el presidente que prometa dinero barato de forma permanente, pero sí uno que parece consciente de que el mayor riesgo para la economía no es una tasa puntual, sino perder el ancla de credibilidad.

Si es aprobado por el Senado, Warsh enfrentará un escenario complejo, caracterizado por elevados niveles de deuda, transformaciones tecnológicas profundas y tensiones fiscales.

 

Francisco Muñoz

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