Junio 26, 2026 - 3 min

La flexibilidad que Chile necesita

Un millón de personas busca trabajo en Chile, mientras el país envejece y el mercado laboral ofrece cada vez menos espacios para jóvenes y trabajadores mayores. La experiencia australiana muestra que flexibilidad y buenos salarios pueden ir de la mano.

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Un desempleo que golpea a los extremos 

Chile enfrenta una realidad dura: hoy tenemos cerca de un millón de personas desempleadas, una tasa de desocupación superior al 9% y más de tres años consecutivos sin volver a los niveles previos a la pandemia. Pero detrás de esa cifra hay algo más preocupante: el sistema laboral está dejando fuera precisamente a quienes más necesitan una oportunidad. 

Por un lado, los jóvenes enfrentan tasas de desempleo cercanas al 23%. Uno de cada cinco que quiere trabajar no encuentra empleo. Muchos buscan su primer trabajo y se topan con una contradicción absurda: se les exige experiencia para ser contratados, pero no se les da la oportunidad de adquirirla. 

Por otro lado, los mayores de 55 años enfrentan una dificultad distinta. No les falta experiencia; les faltan oportunidades. Cuando pierden su empleo, permanecen desempleados por períodos mucho más largos que otros grupos: mientras un joven tarda en promedio cuatro meses en encontrar trabajo, un trabajador mayor de 55 puede pasar casi un año buscando una nueva oportunidad. 

El país está perdiendo, al mismo tiempo, a quienes recién llegan al mercado laboral y a quienes todavía pueden aportar. Y esto ocurre justo cuando Chile envejece: desde 2019, la población mayor de 55 años ha crecido cerca de un 20%, mientras la población joven disminuye. El sistema se está volviendo menos amigable con la edad justo cuando más necesita incorporar trabajadores mayores. 

La experiencia australiana 

El contraste con Australia es revelador. Mientras Chile exhibe una tasa de desempleo cercana al 9%, ese país ha mantenido durante los últimos años niveles cercanos a la mitad de esa cifra. Pero la diferencia más relevante no está sólo en el desempleo, sino en la participación laboral: Australia ha logrado incorporar exitosamente a estudiantes, mujeres y adultos mayores, personas que en Chile muchas veces quedan atrapadas entre la inactividad y el desempleo. 

Lo interesante es que no lo logró reduciendo salarios ni debilitando la protección social, sino construyendo un sistema capaz de adaptarse a las distintas etapas de la vida. Cerca de un tercio de los trabajadores australianos participa bajo modalidades de jornada parcial. Millones de estudiantes combinan estudio y trabajo, y millones de adultos mayores siguen activos después de la edad tradicional de retiro. El sistema entiende que la vida laboral moderna no es uniforme. 

En Chile, en cambio, seguimos operando bajo una lógica diseñada para una economía donde la vida laboral transcurría casi siempre bajo contratos de jornada completa y horarios rígidos. El resultado es que muchos jóvenes no encuentran espacio para entrar y muchos adultos no encuentran mecanismos para permanecer activos. 

El rol de las pymes y el costo de contratar 

A esto se suma otro dato que suele pasarse por alto: el empleo en Chile no lo generan principalmente las grandes empresas, sino las pequeñas y medianas, que sostienen gran parte del empleo privado, absorben trabajadores jóvenes y ofrecen oportunidades de reinserción. Son, al mismo tiempo, las más sensibles al aumento de los costos de contratación. 

En los últimos años hemos visto una sucesión de reformas laborales impulsadas por objetivos legítimos: reducción de jornada, alzas del salario mínimo, nuevas obligaciones regulatorias. Nadie puede cuestionar la intención de mejorar la calidad de vida de los trabajadores. El problema es que las buenas intenciones no eliminan las restricciones económicas: cuando una economía crece poco, mejora su productividad lentamente y enfrenta mayores costos laborales, la consecuencia natural es una menor disposición a contratar. Eso no siempre se traduce en despidos masivos; muchas veces se manifiesta en algo más silencioso: vacantes que nunca se abren y personas que nunca vuelven a encontrar empleo. 

Flexibilidad sin precariedad 

Flexibilidad no significa precariedad. Significa reconocer que un estudiante universitario probablemente no necesita ni puede trabajar cuarenta horas semanales. Significa entender que una persona de 62 años puede querer trabajar dos o tres días a la semana sin renunciar del todo a su jubilación. Significa permitir que empresas y trabajadores acuerden modalidades que reflejen las distintas etapas de la vida. 

Australia ofrece además una segunda lección: tiene uno de los salarios mínimos más altos de la OCDE y, al mismo tiempo, niveles de desempleo considerablemente menores a los de Chile. Eso demuestra que la pregunta correcta no es si queremos salarios más altos o más empleo (queremos ambas cosas), sino cómo construimos una economía capaz de sostener buenos salarios sin expulsar trabajadores del sistema. La respuesta pasa por productividad, crecimiento, inversión y, sí, flexibilidad. 

El desafío que viene 

Chile enfrenta simultáneamente un problema laboral, productivo y demográfico: cerca de un millón de personas buscando trabajo, una población que envejece, jóvenes que no logran entrar al mercado y trabajadores experimentados que no logran volver a él. Frente a esa realidad, la respuesta no puede ser más rigidez. 

El país necesita un sistema más flexible y adaptado a las distintas etapas de la vida, junto con una recuperación de la inversión, la productividad y el crecimiento. No existe política pública más poderosa para reducir la pobreza, fortalecer la movilidad social y ampliar las oportunidades que un empleo formal. 

La mejor política social sigue siendo un trabajo.

 

Francisco Muñoz

Family Office Solutions