Un mundo con nuevos límites
Durante años, buena parte de la economía global estuvo marcada por la abundancia de capital, energía relativamente barata y bajas tasas de interés. Ese escenario cambió. El shock energético de 2026 volvió a mostrar la vulnerabilidad de las economías frente a interrupciones en el suministro, mientras que mayores necesidades de inversión y condiciones financieras más exigentes agregan nuevas restricciones. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) advierte que un escenario de disrupción energética prolongada podría llevar el crecimiento mundial a 2,1% este año y 1,8% en 2027, al mismo tiempo que elevaría las presiones inflacionarias.
La paradoja de la inteligencia artificial
En paralelo, la inteligencia artificial está impulsando una ola de inversión que podría transformar la capacidad productiva de la economía. Goldman Sachs estima que la inversión asociada a infraestructura de IA (incluyendo centros de datos, capacidad computacional y energía) podría alcanzar alrededor de US$7,6 billones entre 2026 y 2031. El desafío es que esta expansión no ocurre en el vacío: requiere electricidad, redes, chips, centros de datos y capital. BlackRock identifica precisamente estos cuellos de botella como una de las principales fuentes de oportunidades vinculadas al desarrollo de la IA.
Productividad: la pieza que falta
La gran pregunta, entonces, no es cuánto se invertirá en IA, sino cuánto de esa inversión terminará convirtiéndose en mayor productividad. La evidencia comienza a mostrar resultados concretos, aunque todavía desiguales. Un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) publicado en junio revisó estudios empresariales, experimentos y encuestas sobre el impacto de la IA generativa y concluyó que ya existen mejoras de productividad, pero que sus efectos dependen de cómo se integra la tecnología en los procesos de trabajo. El Banco Mundial llega a una conclusión similar desde otra perspectiva: estima que 16,2% de los empleos en economías en desarrollo podrían experimentar mejoras significativas de productividad gracias a la IA.
Una oportunidad desigual para los mercados emergentes
Esta transformación también puede cambiar el mapa de crecimiento entre países. El FMI proyecta que las economías emergentes y en desarrollo crecerán 3,8% en 2026 y 4,5% en 2027, pero con diferencias importantes según su exposición a materias primas, energía y cadenas tecnológicas. Algunas economías asiáticas ya están capturando parte de este ciclo a través de semiconductores, exportaciones tecnológicas y centros de datos. Al mismo tiempo, los países importadores de energía enfrentan un escenario más complejo.
Del crecimiento a las oportunidades de inversión
La combinación de estas fuerzas sugiere que el próximo ciclo puede estar menos determinado por la abundancia generalizada y más por quién controla los recursos escasos que permiten crecer. Energía, redes eléctricas, semiconductores, infraestructura digital y capital para financiar estos proyectos pueden adquirir un valor estratégico mayor. Para los inversionistas, esto implica mirar más allá de las empresas que desarrollan IA y preguntarse quiénes están detrás de su infraestructura, quiénes pueden capturar las ganancias de productividad y qué economías están mejor posicionadas para aprovechar esta transformación. En otras palabras, la tensión entre escasez y abundancia no es sólo una discusión macroeconómica: también puede convertirse en un mapa para identificar las oportunidades del próximo ciclo.
Fynsa