Don Otto, conversando con su amigo Fritz, le cuenta una terrible noticia. Un día, llegó a su casa un poco más temprano de su trabajo y pilló a su esposa siéndole infiel con el vecino en el sofá de su propia casa. Fritz, enardecido, le dice que tiene que tomar una decisión radical, a lo que Don Otto responde que aquello ya ha ocurrido: “nunca más me será infiel en el sofá de la casa, porque lo vendí”.
Esta inocente historia es a menudo utilizada como ejemplo a propuestas que buscan acabar con problemas de maneras, digamos, “curiosas”. En realidad, si nos damos cuenta, el problema no se soluciona, sólo acabamos con alguna forma en la que se manifiesta. Es como querer terminar con la fiebre y proponer prohibir los termómetros.
En este sentido, hemos visto como, durante los últimos días, se ha presentado un proyecto (en realidad se presentó hace un tiempo, ahora pasó una etapa inicial en el Congreso) que busca prohibir la utilización de la Unidad de Fomento (UF) como moneda de cobro de diversos servicios, como colegiaturas, arriendos, dividendos, etc. La motivación de los diputados autores del proyecto, que no dudo tienen buenas intenciones, es evitar que las familias chilenas vean día a día cómo disminuye su poder adquisitivo por los continuos reajustes que la UF ha evidenciado durante el último tiempo. Pero como dice el refrán, el camino al infierno está lleno de buenas intenciones.
Quizás el principal inconveniente es que la UF es sólo una unidad de indexación. En simple, su valor se reajusta dependiendo de la variación mensual del Índice de Precios al Consumidor (IPC) del mes anterior. Sería ingenuo no mencionar que esto genera cierta inercia inflacionaria, la que puede ser mayor o menor dependiendo del dinamismo de la actividad, pero no es atribuible a la sola existencia de la UF. De hecho, si se llega a prohibir la UF, nada impide que los contratos pasen a considerar una indexación basada en la variación del IPC del mes anterior (o sea, solo un refraseo) o se reajusten a priori según alguna estimación de inflación futura más una prima por riesgo. Con todo, es muy probable que algo de la inercia sea parte de una tradición inflacionaria de nuestro país, lo que durante los últimos 30 años ha disminuido de manera significativa. ¿La causa? La institucionalidad, reputación y credibilidad de nuestro Banco Central.
Por lo tanto, ¿cómo hacemos para que las familias no sean afectadas por la pérdida del poder adquisitivo? Se me ocurren dos cosas sencillas: (i) Seguir fortaleciendo la institucionalidad monetaria y (ii) dejar de presentar proyectos que aumentan el riesgo inflacionario futuro. La mejor manera de mejorarse de una enfermedad que manifiesta fiebre no es eliminar el termómetro, es atacar las causas que provocan la fiebre. De la misma forma, la mejor manera de que el poder adquisitivo no disminuya no es eliminando la UF, sino es manteniendo una inflación baja y controlada. Cualquier otra cosa, es querer vender el sofá.