Las últimas cifras de actividad y precios habían llevado al mercado a anticipar ajustes relevantes en el escenario que expondría el Banco Central en el IPoM de junio. Por ello, no sorprendió que las expectativas de crecimiento para este año se redujeran desde un rango de 1,5%-2,5% a uno de 1,0%-1,75%, mientras que la proyección de inflación para fines de 2026 aumentó levemente debido a los efectos derivados del alza de los combustibles. Sin embargo, más allá de los resultados, es interesante analizar qué hay detrás de estas revisiones y cómo algunos cambios en su composición no pueden pasar inadvertidos.
En primer lugar, la corrección a la baja del crecimiento refleja dos cosas. Por una parte, el peor desempeño observado durante los primeros meses del año, asociado a la debilidad de sectores vinculados a los recursos naturales. Por otra, un menor dinamismo esperado para el consumo privado ―a causa del deterioro de sus fundamentos― y una ejecución de la inversión más lenta durante el año en curso.
También es interesante notar que este efecto sería parcialmente compensado por un mayor gasto público, consecuencia de la reversión de los ajustes presupuestarios anunciados al inicio de la actual administración. Gran parte de estos cambios ya estaban incorporados en nuestro escenario, especialmente aquellos relacionados con una visión que considerábamos optimista respecto del desempeño futuro de la inversión y con la escasa evidencia de fundamentos más sólidos que justificaran una aceleración del consumo.
Para poner las cifras en perspectiva, alcanzar la parte alta del rango proyectado requeriría que la actividad duplicara su velocidad de crecimiento observado hasta ahora. En tanto, el punto medio exige una aceleración más moderada, consistente con un avance promedio mensual del PIB en línea con su tendencia.
Por el lado de los precios, lamentablemente el informe no alcanzó a incorporar el acuerdo entre Estados Unidos e Irán, que ha provocado una baja considerable en el precio del petróleo durante los días posteriores a su anuncio. No obstante, si bien este factor tendría efectos en el corto plazo, aquellos asociados al horizonte de política monetaria no deberían verse afectados de manera sustancial, según la propia evaluación del Banco Central.
Además, la volatilidad de este tipo de acontecimientos y la limitada certeza respecto de que se trate de un acuerdo definitivo nos permite evaluar con menos severidad la exclusión de este elemento en el encuadre macroeconómico. A ello se suma la oportuna inclusión del recuadro II.1, que estima elasticidades para el traspaso inflacionario hacia la canasta del IPC, excluyendo los combustibles, tanto en horizontes de corto como de largo plazo. Esto permite que el lector pueda inferir, más o menos, cuál habría sido el escenario bajo distintos supuestos para el precio del petróleo.
Finalmente, y para lo que en definitiva se construye todo este análisis, el escenario proyectado permite transitar desde el sesgo contractivo de los últimos comunicados hacia uno más neutral. Ello responde principalmente a la evaluación de que los riesgos para la inflación lucen hoy más equilibrados. Por lo tanto, y reflejado en el corredor, el escenario más probable es que el Banco Central mantenga la TPM en 4,50% durante lo que resta de este año, para recién migrar hacia la tasa neutral durante la segunda mitad de 2027.