Después de más o menos 5 años, la inflación volvió a situarse bajo el 3%. Si bien sabemos que el objetivo del Banco Central, relacionado a la estabilidad de precios, se orienta a esta variación a un plazo de 2 años, no deja de ser importante que la variación de precios actual se materialice en ese valor. En este ciclo, costó tanto retornar al objetivo, que no tengo dudas que algún consejero aprovechó ese día para llamar al amigo que le tiraba tallas al respecto para decirle “mirá de quién te burlaste”.
De esta manera, ya podemos hacer otro check dentro de lo que se puede denominar variables macro de largo plazo. Diría que, con excepción del tipo de cambio (algo menos castigado, pero respondiendo más a un contexto externo más que uno local), la actividad, los precios y la tasa de referencia reflejan, más o menos, lo que somos como país. Ni más, ni menos. Por lo mismo, en lo personal, me costó comprender la decisión de no recortar 25 pb en enero, para llevar la TPM hasta 4,25%, y decidir esperar un poco más, probablemente hasta marzo. Pero bueno, ya está, y los agentes hoy difícilmente discrepan sobre que aquel recorte se realizará en la próxima reunión, dentro de los cuales nos incluimos. Lo que surge a continuación, podría parecer trivial, pero me parece que es una pregunta de enorme relevancia: y ahora, ¿qué?
En el ejercicio de la profesión, particularmente en este nicho particular que es la industria financiera, me he dado cuenta de que el mercado tiene memoria corta. Ojo, no me refiero a agentes locales, es un fenómeno global que responde a una inquietud que se ha analizado también en otros campos de las ciencias sociales: la posibilidad de que ahora las cosas sí sean diferentes. Pero tal como lo es volver con el ex (porque sí, sé que pensaban en eso), usualmente no lo son. Previo al estallido social/pandemia, el debate se centraba en si alguna vez íbamos a ver inflación o si las tasas de interés estaban destinadas a mantenerse en cero o negativo. Muchos sugerían bajar el objetivo inflacionario del Ente Emisor al 2% o 1%, ya que, si no, se corría el riesgo de estar consistentemente con las expectativas desancladas. El debate en el mundo era similar, provocando que de hecho la FED cambiara su objetivo puntual a uno promedio, solución intermedia entre lo que había hasta el momento y los que proponían que hubiese un objetivo de índice (básicamente entre permitir que los desvíos pasados afectaran objetivos futuros o en que solo importara el futuro y el pasado, pisado).
Sólo unos pocos años más tarde, pero con bastante pasando con políticas fiscales ultra expansivas para hacer frente a la pandemia global, el debate migró completamente. Ahora, ante inflaciones persistentemente altas y políticas monetarias históricamente restrictivas, se proponía subir los objetivos inflacionarios, o ser más laxos con ellos. En EE.UU., con un mandato dual, se proponía poner más foco en el empleo y mirar un poco de lado el inflacionario. En Chile, para no quedarnos cortos, entrevistas y columnas de opinión llamaban al Banco Central a subir su objetivo hasta 4% o 5%, o ampliar el plazo de 2 años hasta 3, etc. La inflación había llegado para quedarse y nunca regresaríamos a ese elusivo 3%.
Pero llegamos. Nos demoramos, pero llegamos.
Ahora, por supuesto, todos van a decir que sabían, que siempre confiaron, que esas columnas nunca se escribieron y que esos twits fueron causados por hackeos. Bromas más, bromas menos, la lección es que lo actual no es necesariamente permanente y que tanto la política monetaria como la fiscal requieren un trabajo constante para cumplir con sus objetivos y, al final del día, con su naturaleza de existir: disminuir la volatilidad del ciclo económico para aumentar el bienestar de los ciudadanos. Así que muy en largo plazo estaremos, pero créanme, no es para siempre.