Sabíamos que iba a ser alto, pero incluso así nos quedamos cortos. La variación del IPC de enero se encontró sobre las expectativas y aumentó 1,1% respecto al mes anterior, causando que la inflación interanual se empinara hasta 4,9%, desde 4,5% de diciembre. Esto no hizo más que alimentar los temores de un mercado que se ha convencido nuevamente de una inflación más alta y permanente.
Razones para lo anterior hay muchas, especialmente por los diversos análisis sobre los incrementos de costos, los efectos de segunda vuelta del alza de tarifas eléctricas, la depreciación cambiaria, los aranceles de Trump… sin embargo, me es difícil tomar todo aquello para fundamentar alzas en las expectativas inflacionarias a 5, 10 y más años. Para que eso ocurra, necesariamente se debería suponer que una de las pocas instituciones económicas que sigue funcionando correctamente dejaría de hacerlo: El Banco Central.
La meta del ente emisor es mantener la inflación en torno a 3% en un horizonte de dos años. Es difícil evaluar su cumplimiento, dado que tiene un objetivo futuro, pero la verdad es que nunca se trató de eso. Lo importante es que la meta permite alinear las expectativas de los agentes respecto a lo que el Consejo va a decidir hoy para —de esa forma— llegar a ese 3%. Porque, seamos claros, hay cosas sobre las que se tiene control y otras sobre las que no.
En este sentido me parece que el Banco Central ha tomado el guante de esta mayor preocupación y lo ha dejado claro en su comunicación. Tanto en el comunicado de la reunión de enero, como en las minutas de aquella, recientemente publicadas, queda claro que los riesgos inflacionarios previamente descritos requieren una actuación de política monetaria, por lo menos en el corto plazo, bastante más conservadora.
Lo anterior ha sido leído por nosotros como una TPM que se mantendría en 5% por un periodo más prolongado del que esperábamos previamente. Pero no sólo eso. El paso a lo que podría denominarse un sesgo neutral —además— deja abierta la puerta a que, de ser necesario, se podrían tomar acciones correctivas (como subir la tasa) para que la meta de inflación se cumpla. Aunque eso no lo consideramos como parte del escenario base, nos parece razonable a la luz del alza de las expectativas de inflación a plazos más largos.
Ahora bien, en este sentido, los precios de los activos efectivamente incorporan inflación más alta de manera permanente, pero al mismo tiempo, una TPM por sobre el nivel actual, también de manera permanente. Esto no es consistente.
Si pensamos que el ente emisor es creíble, entonces podemos suponer una tasa más alta, pero necesariamente una inflación que estaría controlada en el mediano plazo. Si creemos lo contrario, la inflación se mantendría alta, pero con una tasa que no habría subido —o incluso bajado—, ya que el consejo “no haría todo lo necesario” para conseguir su objetivo. Así que hay que ponerse de acuerdo.
Por nuestro lado, a pesar de la evaluación de los riesgos, creemos que, durante la segunda parte del año, la mayoría de los elementos transitorios que están afectando la inflación se irán disipando, lo que permitiría que el Central vuelva a efectuar un par de recortes de tasa para llegar a la neutralidad. No nos olvidemos que la demanda interna sigue débil, el mercado laboral estancado y hay riesgos externos sobre la actividad mundial que pueden ejecutarse en cualquier momento.